Mois Benarroch Amor Y Exilios

Mois Benarroch Amor Y Exilios
Mois Benarroch Amor Y Exilios

Wednesday, January 4, 2012

Amor Y Exilios en Kindle








Amor Y Exilios es una obra cíclica publicada en el 2010 por la editorial Escalera en Madrid, construida en capas de siete novelas. La Obra se publica aquí por primera vez en Kindle tal como la concibió su autor Mois Benarroch: Una obra que no tiene primera página ni última página y que se puede empezar a leer por cualquiera de las partes que la forma, y que cada una de sus novelas internas va construyendo una obra nueva y diferente para cada lector. Así las novelas se completan y al mismo tiempo se destruyen para crear nuevas posibilidades.






Thursday, April 22, 2010

otro extracto, a eso de la página 110

http://www.edicionesescalera.com/libro.asp?codart=TRA007


Me acordé palabra por palabra de lo que decía mi
horóscopo:
Mercurio conjunción Plutón exacto a las 06:07.
Período de actividad desde el 21 de agosto 2007 hasta el 22
de agosto 2007. Esta influencia señala un tiempo de actividad
mental muy intensa. Su forma de pensar y sus comunicaciones
tienen una cualidad potente y penetrante. Usted tiene un fuerte
deseo de llegar al fondo de todas las cuestiones y no quedará
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satisfecho con respuestas superficiales. Es un buen momento
para cualquier clase de sondeo, trabajo investigativo u otra actividad
mental que implique resolver un misterio o responder
una pregunta. También tiene la capacidad de influir a los demás,
si así lo quisiera, y la habilidad de hablar con fuerza persuasiva.
Deja en claro que lo que dice es la verdad, no su mera opinión.
El único peligro es que los demás crean que está en lo
correcto aún cuando no sea así. Debe asumir la responsabilidad
de no utilizar mal esta energía y de no presentarse en forma
engañosa.
—Sí, algo decía mi horóscopo de encuentros intensos
—dije.
—Y el mío también.
—Podemos ir a La Riviera —sonreí— que tampoco existe,
aquí las cosas pasan a gran velocidad, las cafeterías se abren, se
llenan, viene una nueva y se vacían y después se cierran.
—Aquí en la calle Yafo, hay una cafetería, venga vamos,
que se llama Coffe Latte, todo tan americano, pero es grande,
y nos sentamos allí.
Como en todos los agostos, las calles del centro estaban llenas
de turistas, y hacía mucho calor, calor casi madrileño, y también
seco y pesado. No sentamos en la parte de fumadores.
—Bueno, ¿quién empieza?
Ella estaba vestida con pantalones negros y una blusa roja,
debajo de ella un sujetador que acentuaba sus pezones por encima
de la tela, calzaba unas alpargatas de muchos colores que
se veían a veces cuando movía los pies. No aparentaba tener
más de cuarenta años. Creo que yo sí. Muy mal vestido, con
uno de esos pantalones sin cinturón blancos y no muy limpios
y una camiseta gris, zapatos Nike de colores terribles.
—Estás muy bien vestida, así que empiezas tú.
—Gracias, tú siempre tan latino con tus piropos. —Y
se acordó de esa palabra en castellano, una palabra que no
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existe en otros idiomas y que se la explicaba tres veces al día
porque me gusta tanto.
—Y además guapísima.
—Gracias.
El camarero nos preguntó en inglés qué queríamos.
One espresso –dije—, very short.
Me too —dijo ella— and one croissant.
—Que comeremos a medias, como en los buenos tiempos
—añadí. Y de pronto pregunté—: ¿Vives con alguien?
¿Estás casada?
—Casada ya no, pero vivo con un médico desde hace tres
años.
La cafetería estaba hecha en forma de L, y daba a dos calles,
por un lado la calle Yafo, y por otro un callejón peatonal,
Luntz, el mismo que llegaba a La Riviera, y por el que anduvimos
en ese día de invierno de 1987. Los dos nos dimos
cuenta.
—Ya no existe La Riviera ni La Javanaise, pero aquí estamos
justo en el medio de las dos cafeterías, bueno, en el
medio del camino.
—Sabes una cosa, sabía que te iba a encontrar, porque te
vi un día bajando del autobús —dijo ella— y aquí en Jerusalén
la gente siempre se encuentra, no es como en París.
—Sí, en París sólo te encuentro a ti.
—Pues no será en los últimos años, no te vi por allí.
—Así que estás de vuelta en París.
It´s a long story —y no sé por qué leches lo dijo en inglés—.
Me casé con un israelí que lo único que quería era irse
del país, y a París, y yo no quería, pero al final ganaba muy mal,
trabajaba en una embajada de guardián, y yo me quedé sin
trabajo, teníamos ya a Jacob, y queríamos otro hijo, las cosas
se liaron y nos fuimos a París. Él se creía que vivir en París
era algo como ser turista, y nunca pensó que la gente viaja
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una hora y media para llegar al trabajo, aquí no se enteran de
eso, no en Jerusalén, y se puso bastante tonto, además que el
francés no le entraba en la cabeza y encontraba sólo trabajos
malos, yo encontré un trabajo muy bueno y me gustaba y después
de que naciera Raquel dijo que quería volverse, y yo dije
que no, que no se jugaba más, y así siguieron las cosas, él se
volvió aquí y después nos divorciamos, y yo no podía viajar
por miedo a que me cogieran los hijos, pero el hombre se casó
hace un año con una americana y se fue a Nueva York y entonces
vine con mis hijos. Así, lo más corto posible. ¿Y tú?
—Pues la verdad, nada especial, lo más burgués posible,
me puse a dirigir el negocio de mi padre, me casé, tengo dos
hijos, al final vendimos el negocio muy bien y tengo dinero,
hago negocios, estoy aquí de negocios, compro y vendo casas,
y ni siquiera me he divorciado, ni tengo amante, mis amigos
dicen que soy lo más aburrido del planeta, aunque…
—Tus amigos, ¿con los que ibas de prostis a París?
—Sabes que después de ese viaje dejamos de ser amigos,
no sé por qué, le pregunté a uno sobre ello, que me contara
lo que recuerda, me envió una parte de sus memorias y no
siguió. Creo que uno de ellos cayó con un travestí, mira, yo
contigo, o no, o una que se parecía mucho a ti, y creo que
al tercero ni se le paró, y por eso dejamos de hablar. Al del
travestí sí se le paró y tuvo una crisis de identidad sexual terrible.
La verdad es que ni lo sé, es por lo que oigo de otros
amigos, frases sueltas, alguna reflexión, a veces veo a uno de
ellos, y no nos decimos mucho más que hola y como estás. Y
entonces, ¿eras tú o no?
—La verdad —dijo Renée—, y es la primera que te la
digo, la verdad es que no me acuerdo, me suena algo, pero
de ese año es que no me acuerdo de casi nada, podría haber
sido, como podría haber sido otra. Lo que sí me gustaba era
cómo te tomabas en serio esa fantasía y cómo te gustaba
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que te contase cada vez una versión diferente, me encantaba
cómo te excitaba, podría escribir un libro sobre eso, no sería
mala idea, tal vez lo haga.
—Cuéntame ahora otra versión.
—¿Ahora? —dijo toda sorprendida pero sonriente—. Es
que ya no estoy muy entrenada. Pues una vez vino un joven
al bar, un joven guapo y me pidió que viniese a su casa, que
estaba situada en el sezieme, era un chico que me gustó desde
el principio y tal vez me hubiese acostado con él si le hubiese
visto en una fiesta, le dije que un momento, que tenía que ir
al baño y allí hablé con mi amiguito, le pregunté si le parecía
un tipo bien y si se podía ir a su casa como me pedía, dijo
que sí, me llevo en un Porsche nuevo y azul, tenía una casa
enorme con piscina, y me invitó a beber y me lo pasé de lo
mejor, y me pagó el doble, después mi amiguito dijo que eso
era peligroso y que ese dinero había que donarlo a alguien
que lo necesitara para que no me acostumbrase.
—¿Y te folló por el culo? —No sé por qué fue eso lo que
le pregunté.
—El chico no, casi nadie, sólo tú y el amiguito, sois los dos
únicos que conocéis mi culo.
—Entonces ése te gustó y de mí ni te acuerdas. —Y aquí
volvió a pasar lo que pasaba siempre, de pronto el cuento se
volvía realidad y la discusión seguía como si todo hubiese
sido verdad, y de esa misma manera cambiaba Renée de
tono, y de pronto me decía que se lo había inventado todo.
El ambiente se estaba llenando de sensualidad, y ya estaba
por ofrecerle venir a mi casa cuando de pronto me dijo:
—Ay, sabes, después de conocerte un día mi madre me
contó que su abuela era de Tetuán, y que hablaba con ella en
jaquetilla.
Bueno, qué mejor que hablar de Tetuán para quitarte las
ganas de follar. Nada mejor.
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—No me digas, querida —y me cagué de risa, pero por
razones diferentes.
—Y sabes otra cosa, tenía que llamarme como ella, como
mi bisabuela, Raquel, ahora es mi nombre secreto, y no sé
por qué me llamaron Marcelle, mi madre tampoco lo sabe,
es el nombre de una tía que murió en la segunda guerra mundial,
muy joven, y dicen que las que se llaman Raquel en la
familia no tienen buena suerte, pero y la Marcelle que se murió
en una guerra a los veinte años, a eso se lo llama suerte,
bueno, que no sé, pues ves, no es Renée, pero ya tengo otro
nombre.
—Pero cuando te llamé Renée no parecías sorprenderte.
—La verdad es que todo se acabó de pronto, o tal vez ni
siquiera empezó, tu padre falleció y te fuiste y no te vi más,
de la noche a la mañana, desapareciste, y yo pensaba verte
muchos días más, mi cuerpo estaba ya preparado a días, semanas,
meses, años y te fuiste.
—Sí, porque tú te casaste, me dijiste que no volviera.
—Te dije que me iba a casar, te lo dije para que vinieras a
salvarme de ese tío, porque estaba encinta.
—Yo entiendo lo que me dicen, y no entiendo lo que no
me dicen. Me dijiste que estabas encinta y que te ibas a casar,
y me dijiste que se acabó y que no volviera.
—Eso no, te dije que no tenía sentido, pero así es el amor,
y sólo te dije que me iba a casar y que estaba embarazada. No
te dije que no volvieras, eso lo entendiste tú.
—Bueno, da igual, yo lo que entiendo es que si una mujer,
una mujer, me dice que se va a casar no es porque quiere que
vuelva.
—No entiendes a las mujeres.
—Ni falta que me hace.
Del ambiente sexual ahora parecíamos un esposo y una
esposa peleándose después de veinte años de matrimonio.
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Bueno, parecía una discusión con mi mujer. Me casé con
una y no con la otra, pero de todas formas es lo mismo. Nos
atrae siempre una misma mujer, que engendrará las mismas
frases, tú no entiendes a las mujeres, y las mismas caritas, y
aunque no sean la misma mujer, lo son.
—Entonces por eso tu hija se llama Raquel, tienes dos
hijos impresionantes, muy guapos.
—Gracias.
—Ves que entiendo a las mujeres, hay que decirles que
tienen hijos bellos y se calman.
—Sigues siendo tan malo, así no se habla a una mujer divorciada
e indefensa.
—Lo de divorciada puede ser, pero lo de indefensa, eso sí
que no. Y si quieres vamos a mi casa a ver lo de las defensas.
—Pero tú eres un hombre casado.
—Bueno, sí, bastante. Pero sólo te invito a un güisqui, en
mi casa, nada de manos.
—¿Y pies?
—Bueno, pies un poquito, no mucho.
Salimos por la calle Luntz, y subimos por Ben Yehuda, los
americanitos seguían comiendo felafels y shuaramas por las
calles y parecía que estábamos en una calle de Estambul, una
calle en la que se cambiaron a todos los turcos por suecos
durante media hora para firmar una escena de una película
surrealista y tragicómica.
—¿Quieres comer algo? Ya son las doce.
—No, después del cruasán me he quedado sin hambre.
—El medio cruasán. —Y pensé que era la mitad de una
media luna, media media luna. Una cuarta luna.
—Prefiero seguir andando.
—Entonces te llamas Raquel, y tu hija también. Mi mujer
se llama Raquel, ¿sabes? Pero de verdad que no me sorprende
en lo más mínimo. Esas coincidencias me parecen
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totalmente normales, o lo único verdaderamente normal en
este mundo.
—A mí tampoco —dijo, aunque no parecía muy convincente,
o más bien parecía convencida porque mi lógico
argumento daba la impresión de ser muy categórico e indiscutible.
Bueno, no era ni un argumento.
—Yo qué sé, la verdad es que la vida es muy rara, pasan
cosas raras, lo que te parece más ilógico de pronto se vuelve
común, normal, como si lo hubieras hecho siempre, cuando
era algo que nunca pensaste que podrías hacer.
Parecía perdida en algún pensamiento, en algo que le había
pasado o por lo que estaba pasando en estos momentos.
—¿Tú estás bien?
—Siempre tan sensible a todo cambio, no, no muy bien,
pero no puedo contarte todo en media hora, hace veinte
años que no nos vemos, por más que…
—Pues parece ayer. Que nos vimos ayer. Me parece ayer.
Se quedó callada, llegamos a la parte alta de la calle King
George, y le dije que quería comer una hamburguesa en una
hamburguesería que estaba justo en la esquina de las dos
calles. Dijo que no quería sentarse, así que me llevé la hamburguesa
en las manos, y se me cayó la salsa sobre los pantalones,
que no estaban ya tan limpios, por lo menos no me
manché la camisa. Mi mujer me hubiese mirado con una de
esas miradas refunfuñonas.
—Yo también tengo otro nombre —no sé por qué dije eso.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Y no seguí. Me estaba metiendo en líos, y de pronto sentí
que el problema por el que no estaba muy bien era que tenía
un tumor en el pecho, y lo vi, a veces me pasaban cosas así,
vi que tenía un tumor en el pecho derecho. Que la habían
operado, que no quería que viera su cicatriz, y que sí quería
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hacer el amor conmigo. Eso es lo que me pasaba cuando era
mi otro nombre y sentía lo que sentía la mujer que estaba a
mi lado. A mi mujer eso le desconcertaba.
—Y… ese otro nombre.
—Nunca se lo he dicho a nadie.
—¿Y no me lo vas a decir? Ahora tienes que hacerlo, ya
me has despertado la curiosidad.
—Pues no te lo vas a creer, es un nombre de mujer, tengo
un nombre cuando me imagino que soy mujer. Y es… Raquel.
Cuando soy mujer soy Raquel.
Ya iba decirle lo del tumor, que lo sabía, pero sentí que
preferiría no hablar de eso.
—Pues en menudas cosas piensas tú, yo no pienso en eso.
—Todos es un cromosoma, podías haber sido un hombre
o yo una mujer, tal vez lo seamos en otra dimensión.
—La verdad, no me líes más, bastante tengo ya con ser
—No me lía tanto, bueno, hubo una época que me liaba,
pero ahora ya no, las cosas las puedo recordar como hombre
o mujer, tengo memorias de cuando era una niña, o cuando
fui a París con dos amigas, y lo mismo me acuerdo de hombre
que de mujer, y no, ya sé lo que me vas a decir, que lo
imagino, pues no, lo recuerdo, hay diferencia entre imaginar
y recordar.
—No era eso lo que te iba a decir.
—¿Qué era lo que me ibas a decir?
—Pues que debías escribir todo eso, me parece interesante.






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